Quien siempre comió con moderación, nunca experimentó lo que es una comida, nunca sufrió una comida. Así, a lo sumo se conoce el placer de comer pero no la voracidad, el desvío desde la llana avenida del apetito hacia la selva de la gula. Porque en la gula se juntan ambas cosas: la desmesura del deseo y la uniformidad de aquello con que se lo sacia. Comer desaforadamente es ante todo comer cualquier cosa, sin distinción. No cabe duda de que se penetra con mayor profundidad que placer en lo deglutido. Por ejemplo, cuando se muerde la mortadela como si fuera un sándwich, cuando uno se hunde en el melón como en una almohada, lame caviar del papel crujiente o, frente a una horma de queso Edam, simplemente olvida todas las demás cosas comestibles que hay en el mundo. ¿Cuándo me pasó esto por primera vez? Fue ante una de las decisiones más difíciles. Tenía una carta para despachar o romper. La había llevado conmigo durante dos días, pero hacía algunas horas que ya no pensaba en ella. Porque había subido hasta Secondigliano en el ruidoso tren de trocha angosta a través del paisaje carcomido por el sol. El pueblo se extendía, solemne, en el silencio cotidiano. La única huella del domingo disipado eran las varillas en las que habían ondeado aros luminosos y se habían encendido fuegos artificiales. Ahora estaban allí, desnudas. Algunas tenían un cartel a media altura con la figura de un santo de Nápoles o de un animal. Las mujeres estaban sentadas en los graneros abiertos, seleccionando maíz. Yo recorría mi camino, aturdido, arrastrando los pasos, cuando, en la sombra, vi un carro con higos. Fue holganza el acercarme, derroche el hacerme despachar media libra por unos pocos soldi. La mujer pesaba con generosidad. Pero, una vez que los frutos negros, azules, verdosos, violetas y marrones estuvieron en el platillo de la balanza romana, sucedió que no tenía papel para envolverlos. Las amas de casa de Secondigliano traían sus propios recipientes y la mujer no estaba preparada para atender a un trotamundos. Y yo me avergonzaba de renunciar a los frutos. Así que me fui de allí con higos en los bolsillos del pantalón y del saco, con higos en ambas manos extendidas, con higos en la boca. Ahora ya no podía parar de comer, tenía que intentar librarme tan rápidamente como me fuera posible de la masa de jugosos frutos que me había invadido. Pero eso ya no era comer, sino más bien darme un baño, tan penetrante se introducía el aroma resinoso en mis cosas, se pegaba a mis manos, viciaba el aire que yo atravesaba con mi carga. Y después llegó la cumbre del sabor, desde la cual, una vez vencida la saciedad y la repugnancia, últimos obstáculos, se abre una vista hacia un insospechado paisaje del paladar: una avidez creciente, insípida, ilimitada, verdosa, que ya no conoce otra cosa que el movimiento desmechado y fibroso de la pulpa abierta, la transformación total del placer en costumbre, de la costumbre en vicio. Subía en mí el odio hacia estos higos, tenía apuro por liquidarlos, por liberarme, por acabar con todo eso que rebosaba y estallaba; comí para aniquilarlo. El mordisco había recuperado su voluntad original. Cuando arranqué el último higo del fondo de mi bolsillo, llevaba pegada la carta. Su destino estaba sellado, también ella debía ser víctima de la gran depuración; la tomé y la partí en mil pedazos.
Walter Benjamin, Denkbilder. Epifanías en viajes.
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