jueves, 10 de abril de 2025

Un trozo de carne de cerdo agridulce

Ahogué la respiración. Había comenzado lo que estaba por venir.

—¿Y eso? Oye, Yeonghye, creo que ya te he hablado con suficiente claridad…

Después de la severa amonestación que le dirigió mi suegro, mi cuñada le riñó con buenas palabras:

—¿A dónde quieres llegar? Todos necesitamos ingerir cierta cantidad de nutrientes… Si quieres ser vegetariana, hazte una dieta más adecuada. Fíjate qué mala cara tienes.

—Yo casi no la reconozco hoy. Estaba enterada de que se había hecho vegetariana, pero no me imaginé que se estaba destrozando la salud —secundó la mujer de mi cuñado.

—Hoy mismo se acabó eso de ser vegetariana. Come esto, esto y esto. Ni que viviéramos en una época de necesidades. Mira la pinta que tienes —dijo con firmeza mi suegra, poniendo delante de mi mujer la carne de ternera a la plancha, el guiso de pollo y los fideos con pulpo.

—¿A qué esperas? ¡Come de una vez! —insistió mi suegro con su voz de trueno.

—Yeonghye, come. Si comes, te nacerán las fuerzas. Una persona normal necesita de energías para vivir. Los monjes aguantan porque hacen una vida contemplativa y viven solos —trató de persuadirla a mi cuñada con palabras suaves.

Los niños observaban a mi mujer con los ojos abiertos como platos. Como si no entendiera a qué venía repentinamente tanto barullo, paseó la mirada por los ojos llenos de preocupación y la cara arrugada de mi suegra, que parecía no haber sido joven nunca, el ceño fruncido y lleno de inquietud de su hermana, la actitud de mero espectador de su cuñado, y la expresión de disgusto, si bien comedido, de su hermano pequeño y su esposa. Esperaba que mi mujer dijera algo. Sin embargo, dejó los palillos sobre la mesa y con este único gesto respondió al pedido unánime y mudo que le lanzaban todas esas caras.

Se levantó un murmullo sordo. Esta vez mi suegra cogió con los palillos un trozo de carne de cerdo agridulce y le dijo poniéndoselo cerca de los labios:

—Venga, abre la boca. Come…

Con la boca cerrada, mi mujer miró a mi suegra con cara de no entender lo que estaba ocurriendo.

—Abre la boca. ¿No te gusta esto? Entonces come esto —dijo mi suegra, cogiendo esta vez un poco de carne de ternera a la plancha. Como mi mujer continuaba con la boca cerrada, dejó la carne y cogió una ostra
—. Esto te gusta desde que eras pequeña. Alguna vez me dijiste que te gustaría comer ostras hasta hartarte…

—Sí, yo también lo recuerdo. Por eso siempre que veo ostras, me acuerdo de Yeonghye —la secundó mi cuñada, como si el hecho de que rechazara las ostras fuera lo más preocupante.

Cuando los palillos que sostenían la ostra se acercaron a su boca, mi mujer se echó hacia atrás.

—Vamos, cómetelo de una vez que me duele el brazo…

Le temblaba la mano a mi suegra, como si en verdad le doliera el brazo. Mi mujer optó por levantarse de la silla.

—No voy a comer —dijo con voz firme, abriendo por primera vez la boca.

—¡¿Qué?! —gritaron al unísono mi suegro y mi cuñado, que tenían el mismo carácter explosivo.

La mujer de mi cuñado tiró rápidamente del brazo de su marido para aplacarlo.

—¡Ya no puedo soportar ver esto! ¿Te crees que estoy de broma? ¡Come de una vez! —gritó mi suegro.

Imaginé que mi mujer le respondería algo así como «Lo siento mucho, no puedo comer», pero en lugar de eso habló con calma, sin el menor deje de disculpa:

—Yo no como carne.

Mi suegra dejó caer los palillos. Su rostro envejecido parecía a punto de echarse a llorar. Fluyó un silencio tenso, y a punto de explotar en cualquier momento. Entonces mi suegro cogió los palillos y con ellos agarró un trozo de cerdo agridulce. Dio la vuelta alrededor de la mesa y se puso delante de mi mujer.

Con su cuerpo robusto y endurecido por el trabajo de toda su vida, pero con la espalda encorvada por el paso inevitable de los años, le puso el cerdo agridulce delante de la cara.

—Come, hazme caso que soy tu padre. Te lo digo por tu bien. ¿Qué harás si enfermas por seguir así?

Un enternecedor tono paternal se desprendía de sus palabras y se me humedecieron los ojos sin darme cuenta. Seguramente todos los que estaban allí sintieron lo mismo.

—Padre, yo no como carne —dijo mi mujer, apartando con una mano los palillos de mi suegro, que temblaba en silencio.

Repentinamente la recia mano de mi suegro cruzó el aire y mi mujer se llevó la suya a la cara.

—¡Papá! —gritó mi cuñada, al mismo tiempo que aferraba del brazo a mi suegro.

Como si todavía no se hubiera aplacado su cólera, a mi suegro le temblaban los labios. Sabía que tenía un carácter violento, pero era la primera vez que le veía pegar a alguien.

—Tú, yerno, y tú, hijo, venid aquí.

Me acerqué a mi mujer con pasos vacilantes. El golpe había sido tan fuerte que le había dejado una marca sanguinolenta en la mejilla. Como si justo entonces se hubiera quebrado su serenidad, empezó a jadear.

—¡Sujetadle los brazos!

—¿Qué?

—Cuando por ,n empiece a comer, comerá como antes. ¿Dónde se ha visto que alguien no coma carne en estos días? Mi cuñado se levantó de su asiento con cara de contrariedad.

—Vamos, hermana, come de una vez. Di que sí y ,nge que comes. No compliques las cosas. ¿Tienes que llegar a este punto delante de papá?

—¿Quién te mandó hablar? ¡Sostenle el brazo! ¡Y tú también, yerno!

—¡Papá, por favor! —suplicó mi cuñada, sujetándolo del brazo derecho.

Esta vez mi suegro tiró los palillos y tomando el cerdo agridulce con las manos, se acercó a mi mujer. Ella dio algunos pasos titubeantes hacia atrás, pero su hermano la detuvo.

—Vamos, come, colabora. Cógelo tú misma y cómetelo.

—Papá, no hagas eso —le suplicó mi cuñada.

Como la fuerza con la que mi cuñado sostenía a mi mujer era mayor que la fuerza con que mi cuñada sostenía a su padre, este se soltó de su hija y acercó el cerdo agridulce a la boca de mi mujer. Con los labios ,rmemente cerrados, ella lanzó un quejido. Parecía que quería decir algo, pero que no podía hacerlo por miedo a que la carne entrara en su boca.

—¡Papá! —gritó mi cuñado, tratando de disuadir a su padre, pero sin atreverse a soltar a mi mujer.

—Mmm… ¡Mmm!

Mi suegro aplastó el cerdo agridulce contra la boca de mi mujer, que se agitaba penosamente. Con sus dedos recios, le abrió los labios, pero no pudo hacer nada para entreabrir los dientes fuertemente cerrados. Ciego de cólera, volvió a pegarle una bofetada.

—¡Papá!

Mi cuñada se abalanzó y lo abrazó por la cintura, pero en el instante en que se le abrió la boca a mi mujer, él le introdujo a la fuerza el trozo de cerdo agridulce.

Ante la embestida, mi cuñado le soltó el brazo y ella escupió la carne lanzando un bramido. Fue un alarido de bestia el que salió de su boca.

—¡¡Dejadme!!

Se agazapó como si fuera a salir corriendo por la puerta, pero en lugar de eso se dio la vuelta y cogió el cuchillo de la fruta que estaba sobre la mesa.

—Yeo… Yeonghye….

La voz quebrada de mi suegra cortó el brutal silencio. Los niños dejaron escapar el llanto que habían estado conteniendo. Apretando los dientes y mirando a los ojos a cada uno de los presentes, mi mujer alzó el cuchillo:

—¡Hay que impedírselo!

—¡Cuidado!

Un chorro de sangre brotó de su muñeca como de una fuente y llovió sobre los platos blancos.

Han Kang, La vegetariana, 2007

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