25 de septiembre
Prosigue mi terapia grafológica. Ayer, la persona que habitualmente controla estas páginas comentó que la letra se había vuelto un tanto menos legible después de la extensa pausa. Yo pienso que esto obedece a por lo menos dos factores: uno, naturalmente, la falta de ejercicio, y el otro, interesante de analizar, el hecho de que, a diferencia de lo que sucedía con la primera tanda, me resultaba ayer más apremiante decir algo y el cómo decirlo (literatura, en fin) que el ejercicio caligráfico liso.
Bien. Otra vez estoy desviándome y prestando poca atención a la letra y mucha a los contenidos, lo cual es antiterapéutico, al menos en este contexto terapéutico que he elegido.
No me cabe duda de que, en otro contexto terapéutico, la desviación antedicha es deseable y positiva; pero no debo mezclar los planos de trabajo, y debo ceñirme a lo que me he propuesto, es decir, una especie de escritura insustancial pero legible...
Mario Levrero, El discurso vacío, 1996.
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