miércoles, 23 de abril de 2025

La atención es vitalidad (dijo, y me conquistó)

Haz cosas. Mantente concentrado, curioso. No esperes el empujón de la inspiración ni el beso de la sociedad en la frente. Presta atención. Todo se trata de prestar atención. La atención es vitalidad. Te conecta con los demás. Te hace estar ansioso. Mantente ansioso.

Susan Sontag, aparentemente, en su discurso dirigido a la cohorte de graduados 2003 del Vassar Liberal Arts College de NYC.

jueves, 10 de abril de 2025

Un trozo de carne de cerdo agridulce

Ahogué la respiración. Había comenzado lo que estaba por venir.

—¿Y eso? Oye, Yeonghye, creo que ya te he hablado con suficiente claridad…

Después de la severa amonestación que le dirigió mi suegro, mi cuñada le riñó con buenas palabras:

—¿A dónde quieres llegar? Todos necesitamos ingerir cierta cantidad de nutrientes… Si quieres ser vegetariana, hazte una dieta más adecuada. Fíjate qué mala cara tienes.

—Yo casi no la reconozco hoy. Estaba enterada de que se había hecho vegetariana, pero no me imaginé que se estaba destrozando la salud —secundó la mujer de mi cuñado.

—Hoy mismo se acabó eso de ser vegetariana. Come esto, esto y esto. Ni que viviéramos en una época de necesidades. Mira la pinta que tienes —dijo con firmeza mi suegra, poniendo delante de mi mujer la carne de ternera a la plancha, el guiso de pollo y los fideos con pulpo.

—¿A qué esperas? ¡Come de una vez! —insistió mi suegro con su voz de trueno.

—Yeonghye, come. Si comes, te nacerán las fuerzas. Una persona normal necesita de energías para vivir. Los monjes aguantan porque hacen una vida contemplativa y viven solos —trató de persuadirla a mi cuñada con palabras suaves.

Los niños observaban a mi mujer con los ojos abiertos como platos. Como si no entendiera a qué venía repentinamente tanto barullo, paseó la mirada por los ojos llenos de preocupación y la cara arrugada de mi suegra, que parecía no haber sido joven nunca, el ceño fruncido y lleno de inquietud de su hermana, la actitud de mero espectador de su cuñado, y la expresión de disgusto, si bien comedido, de su hermano pequeño y su esposa. Esperaba que mi mujer dijera algo. Sin embargo, dejó los palillos sobre la mesa y con este único gesto respondió al pedido unánime y mudo que le lanzaban todas esas caras.

Se levantó un murmullo sordo. Esta vez mi suegra cogió con los palillos un trozo de carne de cerdo agridulce y le dijo poniéndoselo cerca de los labios:

—Venga, abre la boca. Come…

Con la boca cerrada, mi mujer miró a mi suegra con cara de no entender lo que estaba ocurriendo.

—Abre la boca. ¿No te gusta esto? Entonces come esto —dijo mi suegra, cogiendo esta vez un poco de carne de ternera a la plancha. Como mi mujer continuaba con la boca cerrada, dejó la carne y cogió una ostra
—. Esto te gusta desde que eras pequeña. Alguna vez me dijiste que te gustaría comer ostras hasta hartarte…

—Sí, yo también lo recuerdo. Por eso siempre que veo ostras, me acuerdo de Yeonghye —la secundó mi cuñada, como si el hecho de que rechazara las ostras fuera lo más preocupante.

Cuando los palillos que sostenían la ostra se acercaron a su boca, mi mujer se echó hacia atrás.

—Vamos, cómetelo de una vez que me duele el brazo…

Le temblaba la mano a mi suegra, como si en verdad le doliera el brazo. Mi mujer optó por levantarse de la silla.

—No voy a comer —dijo con voz firme, abriendo por primera vez la boca.

—¡¿Qué?! —gritaron al unísono mi suegro y mi cuñado, que tenían el mismo carácter explosivo.

La mujer de mi cuñado tiró rápidamente del brazo de su marido para aplacarlo.

—¡Ya no puedo soportar ver esto! ¿Te crees que estoy de broma? ¡Come de una vez! —gritó mi suegro.

Imaginé que mi mujer le respondería algo así como «Lo siento mucho, no puedo comer», pero en lugar de eso habló con calma, sin el menor deje de disculpa:

—Yo no como carne.

Mi suegra dejó caer los palillos. Su rostro envejecido parecía a punto de echarse a llorar. Fluyó un silencio tenso, y a punto de explotar en cualquier momento. Entonces mi suegro cogió los palillos y con ellos agarró un trozo de cerdo agridulce. Dio la vuelta alrededor de la mesa y se puso delante de mi mujer.

Con su cuerpo robusto y endurecido por el trabajo de toda su vida, pero con la espalda encorvada por el paso inevitable de los años, le puso el cerdo agridulce delante de la cara.

—Come, hazme caso que soy tu padre. Te lo digo por tu bien. ¿Qué harás si enfermas por seguir así?

Un enternecedor tono paternal se desprendía de sus palabras y se me humedecieron los ojos sin darme cuenta. Seguramente todos los que estaban allí sintieron lo mismo.

—Padre, yo no como carne —dijo mi mujer, apartando con una mano los palillos de mi suegro, que temblaba en silencio.

Repentinamente la recia mano de mi suegro cruzó el aire y mi mujer se llevó la suya a la cara.

—¡Papá! —gritó mi cuñada, al mismo tiempo que aferraba del brazo a mi suegro.

Como si todavía no se hubiera aplacado su cólera, a mi suegro le temblaban los labios. Sabía que tenía un carácter violento, pero era la primera vez que le veía pegar a alguien.

—Tú, yerno, y tú, hijo, venid aquí.

Me acerqué a mi mujer con pasos vacilantes. El golpe había sido tan fuerte que le había dejado una marca sanguinolenta en la mejilla. Como si justo entonces se hubiera quebrado su serenidad, empezó a jadear.

—¡Sujetadle los brazos!

—¿Qué?

—Cuando por ,n empiece a comer, comerá como antes. ¿Dónde se ha visto que alguien no coma carne en estos días? Mi cuñado se levantó de su asiento con cara de contrariedad.

—Vamos, hermana, come de una vez. Di que sí y ,nge que comes. No compliques las cosas. ¿Tienes que llegar a este punto delante de papá?

—¿Quién te mandó hablar? ¡Sostenle el brazo! ¡Y tú también, yerno!

—¡Papá, por favor! —suplicó mi cuñada, sujetándolo del brazo derecho.

Esta vez mi suegro tiró los palillos y tomando el cerdo agridulce con las manos, se acercó a mi mujer. Ella dio algunos pasos titubeantes hacia atrás, pero su hermano la detuvo.

—Vamos, come, colabora. Cógelo tú misma y cómetelo.

—Papá, no hagas eso —le suplicó mi cuñada.

Como la fuerza con la que mi cuñado sostenía a mi mujer era mayor que la fuerza con que mi cuñada sostenía a su padre, este se soltó de su hija y acercó el cerdo agridulce a la boca de mi mujer. Con los labios ,rmemente cerrados, ella lanzó un quejido. Parecía que quería decir algo, pero que no podía hacerlo por miedo a que la carne entrara en su boca.

—¡Papá! —gritó mi cuñado, tratando de disuadir a su padre, pero sin atreverse a soltar a mi mujer.

—Mmm… ¡Mmm!

Mi suegro aplastó el cerdo agridulce contra la boca de mi mujer, que se agitaba penosamente. Con sus dedos recios, le abrió los labios, pero no pudo hacer nada para entreabrir los dientes fuertemente cerrados. Ciego de cólera, volvió a pegarle una bofetada.

—¡Papá!

Mi cuñada se abalanzó y lo abrazó por la cintura, pero en el instante en que se le abrió la boca a mi mujer, él le introdujo a la fuerza el trozo de cerdo agridulce.

Ante la embestida, mi cuñado le soltó el brazo y ella escupió la carne lanzando un bramido. Fue un alarido de bestia el que salió de su boca.

—¡¡Dejadme!!

Se agazapó como si fuera a salir corriendo por la puerta, pero en lugar de eso se dio la vuelta y cogió el cuchillo de la fruta que estaba sobre la mesa.

—Yeo… Yeonghye….

La voz quebrada de mi suegra cortó el brutal silencio. Los niños dejaron escapar el llanto que habían estado conteniendo. Apretando los dientes y mirando a los ojos a cada uno de los presentes, mi mujer alzó el cuchillo:

—¡Hay que impedírselo!

—¡Cuidado!

Un chorro de sangre brotó de su muñeca como de una fuente y llovió sobre los platos blancos.

Han Kang, La vegetariana, 2007

martes, 8 de abril de 2025

Un trozo grande que apenas me cabía

...abrí el refrigerador y saqué tres mangos gordos, duros. Me senté a comerlos en las gradas que están al fondo de la casa, de cara a la huerta. Cogí uno y lo pelé con los dientes, luego lo mordi con toda la boca, hasta el hueso; arranqué un trozo grande, que apenas me cabía y sentí la pulpa aplastarse y al jugo correr por mi garganta, por las comisuras de la boca, por mi barbilla, después entre los dedos y a lo largo de los antebrazos. Con impaciencia, pelé el segundo, y, más calmada, casi satisfecha ya, empecé a comer el tercero. Un chancleteo me hizo levantar la cabeza. Era la Toña que se acercaba. Me quedé con el mango en las manos, torpe, inmóvil, y el jugo sobre la piel empezó a secarse rápidamente y a ser incómodo, una porquería…

Laura Esquivel, Íntimas suculencias, 1998

Por candado este caracol

Los poemas haiku y waka expresan acaso más fácilmente que la pintura las sutiles diferencias que existen entre los cuatro temples de ánimo: sabi, wabi, aware y yugen. La quieta y conmovedora soledad de sabi es evidente en

En una rama seca
un cuervo se ha posado
en la tarde de invierno.

Pero es menos patente y por ende más profunda en

Con la brisa de la tarde
el agua murmura contra
las patas de la garza.
En el bosque oscuro
cae una bellota:
sonido del agua.

Sabi significa soledad en el sentido del desapego budista que ve todas las cosas como si ocurrieran "por sí mismas" en milagrosa espontaneidad. Esto acompaña la sensación de profunda, ilimitada quietud que trae una prolongada nevada, que amortigua todos los sonidos en sucesivas capas de blandura.

Cae la cellisca;
infinita, insondable
soledad.

Wabi, el inesperado reconocimiento del fiel "ser tal" de las cosas muy corrientes, especialmente cuando la melancolía del futuro momentáneamente ha frenado nuestras ambiciones, es acaso el temple de estas líneas:

Un portón de zarza
y por candado
este caracol.
El pájaro carpintero
sigue en el mismo lugar;
acaba el día.
Desolación de invierno;
en el agua llovida de la tina
caminan gorriones.

 Alan Watts, El camino del Zen, 1957.

No ir a ninguna parte en un momento intemporal

Así, la vida sin propósito es el tema constante del arte zen de toda clase, que expresa el estado íntimo del artista de no ir a ninguna parte, en un momento intemporal. Ocasionalmente, todos los hombres pasan por estos momentos, y entonces es justamente cuando consiguen ver el mundo con tanta vivacidad que su resplandor colma los intervalos de la memoria: la fragancia de las hojas que se queman en la niebla de una mañana de otoño, una bandada de palomas iluminadas por el sol contra un nubarrón, el sonido de una cascada invisible al anochecer, o el grito solitario de un pájaro desconocido en la espesura de un bosque. En el arte zen todo paisaje, todo bosquejo de bambúes al viento o de rocas solitarias es un eco de tales momentos.

Cuando el momento expresa soledad y quietud se llama sabi. Cuando el artista se siente triste o deprimido y en esta peculiar vaciedad divisa algo corriente y modesto en su increíble "ser tal", este temple se llama wabi. Cuando el momento evoca una tristeza más intensa y nostálgica, relacionada con el otoño y con la gradual desaparición del mundo, se llama aware. Y cuando se ve súbitamente algo extraño y misterioso, que sugiere algo desconocido y que nunca será descubierto, el estado de ánimo se llama yugen. Estas palabras japonesas, prácticamente intraducibles, denotan los cuatro estados de ánimo fundamentales de furyu, es decir, la atmósfera general del "gusto" zen al percibir los momentos sin propósito que surgen en nuestra vida.
Alan Watts, El camino del Zen, 1957.

La amarga comprensión de que todo se deshace

En japonés existe una palabra que no tiene correlato en otros idiomas: wabi-sabi. Es la belleza de lo imperfecto, de lo que ha pasado por el tiempo y se ha transformado, de lo que ha perdido su forma inicial para volverse algo más.

El wabi-sabi no busca ser entendido, sino vivido. Es una filosofía de aceptación, de aprender a ver lo bello en lo que está a punto de desvanecerse.
¿Y si aceptáramos que nosotros también somos un wabi-sabi? Que nuestra vida no es un proceso de perfección, sino de transformación constante, de encontrar belleza en nuestra fragilidad.

La verdadera belleza no reside en lo que se guarda como un trofeo, ni en lo que se conserva como una reliquia, ni mucho menos en lo que se ostenta. La belleza está en lo que se vive intensamente, en lo que se pierde inevitablemente.

La belleza está en lo que se desvanece en el aire como un suspiro que no volverá. Radica en lo que no podemos controlar, en el instante que no se repite, en lo que se pierde y se va transformando sin que lo podamos detener.

Quizás la gracia verdadera se encuentra en la amarga comprensión de que todo se deshace, que todo se pierde, y que no hay en ello lamentación alguna.

Solo queda, en su lugar, una extraña paz, como la que acompaña a una flor que cae sin que su caída sea más que la culminación inevitable de su destino.
Esa quietud pertenece a quien sabe que, al desvanecerse, ya ha cumplido su función en el orden secreto del tiempo.
Ber Stinco, en X.

Higos frescos

Quien siempre comió con moderación, nunca experimentó lo que es una comida, nunca sufrió una comida. Así, a lo sumo se conoce el placer de comer pero no la voracidad, el desvío desde la llana avenida del apetito hacia la selva de la gula. Porque en la gula se juntan ambas cosas: la desmesura del deseo y la uniformidad de aquello con que se lo sacia. Comer desaforadamente es ante todo comer cualquier cosa, sin distinción. No cabe duda de que se penetra con mayor profundidad que placer en lo deglutido. Por ejemplo, cuando se muerde la mortadela como si fuera un sándwich, cuando uno se hunde en el melón como en una almohada, lame caviar del papel crujiente o, frente a una horma de queso Edam, simplemente olvida todas las demás cosas comestibles que hay en el mundo. ¿Cuándo me pasó esto por primera vez? Fue ante una de las decisiones más difíciles. Tenía una carta para despachar o romper. La había llevado conmigo durante dos días, pero hacía algunas horas que ya no pensaba en ella. Porque había subido hasta Secondigliano en el ruidoso tren de trocha angosta a través del paisaje carcomido por el sol. El pueblo se extendía, solemne, en el silencio cotidiano. La única huella del domingo disipado eran las varillas en las que habían ondeado aros luminosos y se habían encendido fuegos artificiales. Ahora estaban allí, desnudas. Algunas tenían un cartel a media altura con la figura de un santo de Nápoles o de un animal. Las mujeres estaban sentadas en los graneros abiertos, seleccionando maíz. Yo recorría mi camino, aturdido, arrastrando los pasos, cuando, en la sombra, vi un carro con higos. Fue holganza el acercarme, derroche el hacerme despachar media libra por unos pocos soldi. La mujer pesaba con generosidad. Pero, una vez que los frutos negros, azules, verdosos, violetas y marrones estuvieron en el platillo de la balanza romana, sucedió que no tenía papel para envolverlos. Las amas de casa de Secondigliano traían sus propios recipientes y la mujer no estaba preparada para atender a un trotamundos. Y yo me avergonzaba de renunciar a los frutos. Así que me fui de allí con higos en los bolsillos del pantalón y del saco, con higos en ambas manos extendidas, con higos en la boca. Ahora ya no podía parar de comer, tenía que intentar librarme tan rápidamente como me fuera posible de la masa de jugosos frutos que me había invadido. Pero eso ya no era comer, sino más bien darme un baño, tan penetrante se introducía el aroma resinoso en mis cosas, se pegaba a mis manos, viciaba el aire que yo atravesaba con mi carga. Y después llegó la cumbre del sabor, desde la cual, una vez vencida la saciedad y la repugnancia, últimos obstáculos, se abre una vista hacia un insospechado paisaje del paladar: una avidez creciente, insípida, ilimitada, verdosa, que ya no conoce otra cosa que el movimiento desmechado y fibroso de la pulpa abierta, la transformación total del placer en costumbre, de la costumbre en vicio. Subía en mí el odio hacia estos higos, tenía apuro por liquidarlos, por liberarme, por acabar con todo eso que rebosaba y estallaba; comí para aniquilarlo. El mordisco había recuperado su voluntad original. Cuando arranqué el último higo del fondo de mi bolsillo, llevaba pegada la carta. Su destino estaba sellado, también ella debía ser víctima de la gran depuración; la tomé y la partí en mil pedazos.

Walter Benjamin, Denkbilder. Epifanías en viajes.

sábado, 5 de abril de 2025

La escritura lenta y los temas poco interesantes

Creo que no me está saliendo buena letra, y escribo muy ansiosamente. Sin embargo es una  letra que me parece inteligible, y en la que se han ido incorporando con naturalidad muchos de los rasgos que me he esforzado en practicar; otros, todavía no. Por ello debo continuar con la escritura lenta y con los temas poco interesantes, de modo de seguir incorporando con paciencia y mediante la reiteración esos rasgos que considero esenciales para que mi letra vuelva a ser legible del todo y para que, en forma paralela, se incorporen también a mi conducta los rasgos que la letra delataría ante un examen grafológico, una vez que fuera como he pensado que quería que fuera, de modo de poder afirmar que "soy el artífice de mi destino"; es una pretensión tal vez excesiva, pero pienso que a veces no está mal apuntar demasiado alto, sobre todo en un medio donde todo condiciona a que se apunte bajo, y donde la mediocridad es uno de los méritos más celebrados.

 Mario Levrero, El discurso vacío, 1996. 

miércoles, 2 de abril de 2025

Cultivar la práctica del notar

"La recapitulación de la experiencia, en la forma de diario, es una forma de digerir las impresiones que la vida y nuestra vivencia de ...