Sin alegría, pero excitado, pude explicarme la anchura de los hombros y el exceso de humillación con que ahora los doblaba, aquel amansado rencor que llevaba en los ojos y que había nacido no sólo de la pérdida de la salud, de un tipo de vida, de una mujer, sino, sobre todo, de la pérdida de una convicción, del derecho a un orgullo.
Juan Carlos Onetti, Los adioses, 1954.
Ahí está la grandeza de Onetti: te fuerza a imaginar cómo puede aparecer en unos ojos un rencor amansado. No podés pasar al lado de una imagen como esa y seguir como si nada, no señor, de Onetti no se sale indemne.
ResponderEliminarEso, y la cuestión del derecho a un orgullo. Eso me mató (en los ojos, sí, pero también en los hombros). Me hizo sentir exactamente lo que puso Contursi: me dí cuenta de que cerraba el libro y paraba de leer. Tenés que frenar para asestar el golpe.
ResponderEliminarAbrazo....