…me empezó a obsesionar la idea de que todos aquellos alimentos que se generaban en el interior de esta tierra maligna estaban endemoniados y que todo aquel que los comía entraba en comunión con ese mundo de horror y tinieblas, condenando su alma a los infiernos. En consecuencia, empecé a rechazar desde la más bella flor hasta el fruto más apetitoso si su origen era mexica. Los únicos alimentos que ingería tenían que ser ciento por ciento de origen español y bajo ninguna circunstancia admitía el mestizaje gastronómico. Esta decisión no era nada fácil de llevar a cabo si se tiene un estómago antojadizo como el mío. Sabedora de mis debilidades, al llegar a la acequia que corría al costado del palacio y la plaza mayor, por donde se deslizaban las canoas de los indios cargadas de frutas, legumbres, eranos y flores, procuraba no mirar ni oler ni imaginar siquiera la presencia del maíz, el frijol, la chía, el jitomate, la calabaza, la piña, la chirimoya, la papaya, los capulines, el aguacate, el mamey, el zapote, el chicozapote, la quayaba, las ciruclas, los jocotes, los tejocotes, las pitahayas, el chayote, los chiles, la anona, el chilacayote y las ciruelas. En general, podía evitarlos sin dificultad, lo mismo que los puestos donde se vendían ranas, patos, chichicuilotes, acociles y huevos de mosco. ¿Pero, cómo no oler el cacao? ¿Cómo regresar al frío y húmedo convento sin tomar una taza de espumoso chocolate?Laura Esquivel (con perdón), Arriba Dios, abajo el Diablo, en Íntimas Suculencias, 1998.
miércoles, 19 de marzo de 2025
Jocotes, tejocotes, chayotes, chiles y chilacayotes
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